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El legado de Shinzo Abe, el primer ministro de Japón que anunció su dimisión


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Shinzo Abe, el primer ministro de Japón que más tiempo ha ocupado el cargo, informó el viernes que renunciaría, y puso fin así a un mandato en el que persiguió —con resultados contradictorios— una agenda conservadora para restaurar la economía, el ejército y el orgullo nacional del país.

Abe, de 65 años, nieto de un primer ministro, fue elegido por primera vez al parlamento en 1993 después de la muerte de su padre, un exministro de Asuntos Exteriores. Fue primer ministro por primera vez en 2006 pero renunció después de un año plagado de escándalos.

Volvió a liderar el país en 2012 con la promesa de arreglar una economía en dificultades y lograr su sueño nacionalista de enmendar la constitución pacifista de Japón para permitir un ejército completamente establecido.

Después de ocho años en funciones, dijo que sus problemas de salud —el empeoramiento de una enfermedad intestinal inflamatoria que había contribuido a su retiro anterior, en 2007— lo llevaron a renunciar.

Sin embargo, el líder, alguna vez popular, había visto una caída reciente en su popularidad entre los japoneses y había sido criticado por el manejo de la epidemia del coronavirus y por apoyar a un miembro de su partido que fue arrestado.

Este es un vistazo a su legado y al tiempo que pasó en el poder.

Abe adquirió estatura nacional a principios de este siglo cuando acompañó Junichiro Koizumi, entonces primer ministro, a un viaje a Pionyang para negociar la liberación de rehenes japoneses cautivos en Corea del Norte.

Durante el resto de su mandato defender la causa de los ciudadanos secuestrados fue una de sus preocupaciones, algo que ayudó a formar sus opiniones de línea dura sobre el aislado país comunista.

Mientras estuvo en el cargo, alentó una discusión sobre si Japón debería adquirir la capacidad de atacar sitios de lanzamiento de misiles en territorio enemigo en caso de que pareciera que había un ataque inminente, un debate relacionado con la creciente amenaza nuclear del norte.

Su abuelo Nobusuke Kishi fue acusado de crímenes de guerra, aunque jamás se le juzgó, y el legado de las acciones japonesas en la Segunda Guerra mundial atormentaron al país bien entrado su gobierno.

A pesar de que buscó mejorar los lazos con China y Corea de Sur, países con los que hay profundos recuerdos amargos de la guerra, Abe exasperó a ambos vecinos en 2013 al visitar el Templo Yasukuni de Tokio que tanto para Pekín como para Seúl constituye un símbolo del pasado militarista de Japón. Jamás volvió al templo pero las relaciones con Corea del Sur sobre el modo y el tiempo que Japón debía expiar sus atrocidades de la época de la guerra alcanzaron un nivel de intensidad jamás visto en décadas.

Sin embargo, luego de años de una fría relación con China, Abe intentó inaugurar una nueva era al realizar la primera visita de un primer ministro japonés a Pekín en siete años al reunirse con Xi Jinping, el líder de China, en 2018.

El anhelo de Abe de un ejército japonés más fuerte no solo obedecía a la actitud belicosa de Corea del Norte y al lanzamiento de misiles sobre suelo japonés en 2017.

Durante años, Abe buscó exorcizar los demonios del pasado de guerra de Japón al modificar la cláusula pacifista de la Constitución de Japón, que fue impuesta por Estados Unidos tras su victoria en la Segunda Guerra Mundial.

En 2015, después de multitudinarias protestas y de una batalla con los políticos de la oposición, impulsó legislación que autorizó misiones internacionales de combate junto con tropas aliadas en nombre de “la autodefensa colectiva”.

Pero su propósito de “normalizar” al ejército de Japón terminó por fracasar pues Abe no consiguió el apoyo del pueblo japonés.

Algunos creyeron que después de que Abe juró su tercer mandato luego de la elección de 2017 su Partido Liberal Democrático cambiaría sus reglas y le permitiría buscar un cuarto periodo. Pero su duradera popularidad este año fue impactada debido a sus tropiezos durante las primeras semanas de la pandemia del coronavirus.

Al inicio del brote, Abe demoró en cerrar las fronteras de Japón y declarar un estado de emergencia e instar a la gente a quedarse en casa y a cerrar las tiendas. Sus críticos inicialmente tildaron de torpe la medida y luego culparon a Abe por su falta de liderazgo, sobre todo en la economía.

Sin embargo, la tasa de mortalidad de Japón se ha mantenido muy por debajo de la de muchos otros países desarrollados.

El legado más perdurable de Abe bien podrían ser las políticas económicas destinadas a reactivar el crecimiento económico de Japón, que alguna vez fue enorme.

Su programa de “Abenomics” buscaba combatir las amenazas de la deflación y de una fuerza laboral que envejecía a través de la expansión monetaria, del gasto público y la desregulación a las empresas.

La combinación tuvo resultados a principio de su mandato: sacó a la economía de un marasmo implacable y elevó el perfil internacional de Abe. Pero el crecimiento sufrió en 2019 como resultado de la guerra comercial entre China y Estados Unidos y más este año cuando la pandemia del coronavirus llevó al mayor declive del país en la posguerra.

Un factor clave de la plataforma económica de Abe fue el esfuerzo de empoderar a las mujeres, al defender la idea de que aumentar su participación en la fuerza laboral ayudaría a compensar el declive y el envejecimiento de la población. Pero algunas de sus promesas iniciales en su agenda de Womenomics, como el aumento drástico en la proporción de mujeres en puestos gerenciales y de gobierno, nunca se concretaron.

Motoko Rich es la jefa de la corresponsalía en Tokio. Ha cubierto un amplio rango de temas para el Times, incluyendo bienes raíces (durante un boom), economía (durante una crisis), libros y educación.


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